miércoles, julio 08, 2009

Fin

"Estamos en un sistema que poco a poco considera que hay valores importantes (instantaneidad, masificación) y valores menos importantes, es decir menos rentables (los criterios de la verdad). La información se ha convertido ante todo en una mercancía. Ya no tiene una función cívica. Nosotros, aquí, todavía nos lo creemos, pero ¿acaso no seremos un recuerdo? ¿Somos reales? ¿Virtuales?"

Ignacio Ramonet. El mundo en la nueva era imperial

lunes, junio 29, 2009

Al gran pueblo, salud

Pelotudos. Amnésicos. Egoístas. Necios. Consumidores. Mentirosos. Ventajeros.
Tristes. Idiotas. Ilegales. Embaucadores. Corruptos. Individualistas.
Irrespetuosos. Cíclicos. Cerrados. Obvios. Sordos. Ciegos. Mudos.
Materialistas. Ingenuos. Soberbios. Vacíos. Amorales. Frívolos.
Menemistas.

Argentinos.

Macri y su imitador. Sede PRO. 28-6. 9.30 de la mañana.

martes, junio 23, 2009

(No) Ver


Ella le hablaba y él miraba la biblioteca, casi apoyada detrás de la mujer. En algunos lomos conseguía leer, o creía que leía títulos, como "El hombre feliz", "Deseos", "Represiones", también vio -o creyó ver- la tapa de la poética novela "El último encuentro" de Márai.

Ella seguía hablando y él, cada tanto, le respondía, cruzado de piernas, jugando con la textura de la tela de su pantalón. Cuando se distraía de los libros prestaba atención a un block de hojas apoyado en el escritorio, con La gran ola de Kanagawa, de Hokusai, impresa en un costado. Mientras las palabras inundaban la sala, él pensaba en jugar con el block, en hacer pasar las hojas, en darle vida a esa inmensa ola azul y que el viento le dé en las pestañas, como si el tsunami fuera cierto, mínimo, pero cierto.

Ella dijo:

"Vos no ves que ves".

Y entonces empezó a escucharla.


viernes, mayo 29, 2009

Dios mío

Hace unos días, la espantosa novela del presunto abusador de menores, el padre Grassi, tuvo otro de esos capítulos absurdos. La Justicia había decidido mover a los chicos de un hogar de su fundación (Felices Los Niños, ja) por todo lo que ya sabemos y porque, además, ahora se supo que en septiembre un nene de ocho años quiso suicidarse con el cable de un teléfono porque intentaron (o lo consiguieron) abusar de él (un chico que ya bastante rollo debe de tener con la desgracia de no estar haciendo los deberes en su casa, con su mamá cocinando).

Como el "aparato" de Grassi reaccionó, alimentado por personajes como Portal, Mariano Grondona y Feinmann (Eduardo, el corrupto "periodista" ladero de Haddad, está claro), y se movilizó bajo el disfraz de "vecinos indignados", la Justicia calmó las cosas y decidió que, momentáneamente, fuera la Iglesia la que quedara a cargo del hogar de Grassi, hasta que pudieran hacer el "desalojo".

Lo interesante es el fallo de la jueza -que llegó a mis manos por cuestiones laborales-. Allí, más o menos, decía que se le daba la guarda a la Iglesia por "tener autoridad moral necesaria".

A la misma Iglesia que no excomulgó a Grassi, a pesar de estar acusado de 17 hechos hechos de abuso sexual, corrupción de menores y amenazas.

A la misma Iglesia que hoy, a través de un cardenal español, Antonio Cañizares, dijo que el aborto no es comparable con la pedofilia: "quitarle la vida a uno es más grave que originarle unos traumas".

"Unos traumas".

Eso, para no hablar de Von Wernich.



martes, mayo 26, 2009

Engaños

"El discurso de De Narváez es como una ilusión; como una película de Tim Burton, pero mala".

Diego Capusotto

miércoles, mayo 20, 2009

Berger otra vez

No sé bien por qué pero asocio a John Berger con el ínfimo recuerdo que tengo de las calles más antiguas de Barcelona. Creo que la polémica encadenación entre el pensador londinense y esa postal casi medieval de la ciudad se estableció en mí tras una lectura, un texto onírico, profundo, melancólico sobre su madre (uno de los varios), en uno de sus últimos libros publicados.

No tengo idea por qué me imaginé a la madre de Berger idéntica a Asunción, una bella anciana que conocí en Barcelona. Ella estaba sentada frente a una iglesia, abrigada por un tapado de piel marrón, con el pelo blanco y los labios rojo oscuro, que al ver que le estaba sacando una foto me sonrió encantadoramente, detrás de sus anteojos y sus arrugas y bajo un paraguas del mismo color que su boca. Asunción me contó varias cosas, hablamos un rato, pero lo único que recuerdo ahora es que fue reina de belleza de su pueblo (Barcelona) a los 14 años. Que era guapísima, eso tal vez lo recuerdo pero no me lo contó. También puedo sentir ahora su olor, su olor de vieja digna, un mismo perfume que, como tantas otras cosas, lleva décadas impregándose en su piel.

Hoy volví a leer a Berger. Apenas unas páginas de un libro que se llama (que tradujeron) "Cada vez que decimos adiós", editado por De la Flor.

"...Se también en ese caso que los poderosos le temen al arte, cualquiera sea su forma, y que esa forma de arte corre entre la gente como un rumor y una leyenda porque encuentra un sentido que las atrocidades no encuentran, un sentido que nos une porque es finalmente inseperable de la justicia".

viernes, mayo 01, 2009

Creer (en algo)


J. G. Ballard
1930-2009


Creo en el poder de la imaginación para rediseñar el mundo, para liberar la verdad que vive dentro nuestro, para contener la noche,para trascender a la muerte, para encantar a las autopistas, paracongraciar a los pájaros, para ganarnos la confianza de los locos.

Creo en mis propias obsesiones, en la belleza del choque de autos, en la paz del bosque sumergido, en la excitación de un balneario desierto, en la elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los estacionamientos para coches de varios pisos, en la poesía de los hoteles abandonados.

Creo en las pasarelas olvidadas de Wake Island, que apuntan al Pacífico de nuestras imaginaciones.

Creo en la misteriosa belleza de Margaret Thatcher, en el arco de susfosas nasales y el brillo de su labio inferior; en la melancolía de los conscriptos argentinos heridos, en las sonrisas hechizadas del personal de las estaciones de servicio; en mi sueño sobre Margaret Thatcher siendo acariciada por ese joven soldado argentino en un motel olvidado, observados por un empleado de estación de servicio tuberculoso.

Creo en la belleza de todas las mujeres, en la perfidia de sus imaginaciones, tan cercana a mi corazón; en la unión de sus cuerpos desencantados con las encantadas cintas de las cajas de supermercado;en su cálida tolerancia a mis perversiones. Creo en la muerte del mañana, en un tiempo exhausto, en nuestra búsqueda de un nuevo tiempoen las sonrisas de las azafatas y los ojos cansados de controladores aéreos en aeropuertos fuera de temporada.

Creo en los órganos genitales de los grandes hombres y las grandes mujeres, en las posturas corporales de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Lady Di, en los dulces hedores que emanan de sus labios cuando se ponen frente a las cámaras de todo el mundo.

Creo en la locura, en la verdad de lo inexplicable, en el sentido común de las piedras, en la locura de las flores, en la enfermedad guardada para la humanidad por los astronautas del Apollo.

Creo en nada.

Creo en Max Ernst, Delvaux, Dalí, Tiziano, Goya, Leonardo, Vermeer, DeChirico, Magritte, Redon, Durero, Tanguy, Cheval, las Watts Towers, Boecklin, Francis Bacon, y todos los artistas invisibles que están en instituciones psiquiátricas del planeta.

Creo en la imposibilidad de la existencia, en el humor de las montañas, en el absurdo del electromagnetismo, en la farsa de lageometría, en la crueldad de la aritmética, en las intenciones asesinas de la lógica.

Creo en las mujeres adolescentes, en su corrupción por la propia postura de sus piernas, en la pureza de sus cuerpos desordenados, en los rastros de sus genitales dejados en baños de moteles gastados.

Creo en el vuelo, en la belleza del ala, y en la belleza de todo lo que alguna vez ha volado, en la piedra arrojada por el niño pequeño que lleva consigo la sabiduría de hombres de estado y parteras.

Creo en la amabilidad del escalpelo del cirujano, en la geometría sin límites de la pantalla de cine, en el universo oculto dentro de los supermercados, en la soledad del sol, en la cháchara de los planetas, en lo repetitivo de nosotros mismos, en la inexistencia del universo y el aburrimiento del átomo.

Creo en la luz que las grabadoras de video proyectan en las vidrieras de los negocios, en los conocimientos mesiánicos de los radiadores de los coches de showroom, en la elegancia de las manchas de aceite en los hangares de los 747 estacionados en aeropuertos.

Creo en la no existencia del pasado, en la muerte del futuro, en las infinitas posibilidades del presente.

Creo en la degeneración de los sentidos: en Rimbaud, William Burroughs, Huysmans, Genet, Celine, Swift, Defoe, Carroll, Coleridge,Kafka.

Creo en los diseñadores de las pirámides, del Empire State Building, del Fuehrerbunker de Berlín, en las pasarelas de Wake Island.

Creo en los olores corporales de Lady Di.

Creo en los próximos cinco minutos.

Creo en la historia de mis pies.

Creo en las migrañas, el aburrimiento de las tardes, el miedo a los calendarios, la traición de los relojes.

Creo en la ansiedad, la psicosis y la desesperación.

Creo en las perversiones, en el enamoramiento con los árboles, en las princesas, los primeros ministros, las estaciones de servicio abandonadas (más hermosas que el Taj Majal), las nubes y los pájaros.

Creo en la muerte de las emociones y el triunfo de la imaginación.

Creo en Tokio, Benidorm, La Grande Motte, Wake Island, Eniwetok, Dealey Plaza.

Creo en el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la fiebre y lafatiga. Creo en el dolor. Creo en los chicos.

Creo en los mapas, los diagramas, los códigos, los juegos de ajedrez, los acertijos, la tabla de horarios de las aerolíneas, los indicadores de los aeropuertos. Creo en todas las excusas.

Creo en todas las razones.

Creo en todas las alucinaciones.

Creo en todas las furias.

Creo en todas las mitologías, recuerdos, mentiras, fantasías, evasiones.

Creo en el misterio y la melancolía de una mano, en la amabilidad de los árboles, en la sabiduría de la luz.

viernes, abril 17, 2009

Consumo personal

3.20 de la madrugada.
Llego a mi casa. En la esquina, donde siempre estaciono el auto, y donde cada noche se juntan los pendejos que terminan de trabajar en la pizzería de enfrente, veo a la policía. Un patrullero, dos agentes treintañeros y cuatro chicos.
Entro a casa.
La negociación sucede bajo mi balcón de primer piso. Abro la puerta ventana. Entre la cortina y los cajones de madera de la verdulería, veo a los policías conversar con los "sospechosos" (todos chicos de clase media, mozos y cocineros de la pizzería-restó-cool-de-Palermo Viejo, y amigos del barrio). Pienso que el camión de que se lleva al verdulero al mercado central está por llegar. Pero el que aparece es el vecino de la casa tomada de enfrente, que aterriza a esta hora y de un chiflido como el de canto de un tero, avisa que llegó. Mira al patrullero.
Pero no escucha que el policía de la federal le dice: "Tengo que aplicar la ley de drogas". Y que los pibes le responden: "Somos de acá, no tenemos más que dos cigarrillos de marihuana. Trabajamos enfrente, no nos ves más acá si te parece mal". El agente insiste: "Los tengo que detener".
Pero de repente habla más bajo. Y pregunta cómo pueden arreglar.
Y arreglan. Veo por entre la cortina y los cajones de verdura que arreglan.
El patrullero se va con las luces apagadas y con los agentes satisfechos, desatados -como siempre- al cinturón de seguridad.
Entonces salgo al balcón. Pregunto. Me cuentan: "Estos corruptos hijos de puta nos llevaron la guita que ganamos hoy en el laburo por dos tucas".
Uno me pregunta si filmé. Imagino lo que podría haber pasado de haberlo hecho.
Después también se van los pibes. Uno, de la bronca, estalla una botella de cerveza contra el asfalto. Retumba entre las paredes de las casas de Palermo Viejo, entre las chapas de las cortinas de los talleres en penumbras.
Se van todos. A mi mente vuelve la idea del gobierno de despenalizar el consumo. Y pienso en todos los que se oponen. En sus intereses.
Después cierro la ventana. Vengo a escribir.
Escucho que el camión de la verdulería llega y toca bocina.

martes, abril 14, 2009

In rainbows



Por Paul Nicklen (*)

martes, abril 07, 2009

Pobres


No tienen agua. Ni potable ni contaminada. Van a buscar a una canilla a tres cuadras. El hecho de caminar provoca que el polvo los vaya acompañando a cada paso, cada vez que los pies explotan sobre la tierra seca. El polvo.


Ellos tampoco tienen agua. Reclaman la obra hidráulica, hasta están dispuestos a poner una parte de sus mismos millones que levantaron mansiones narcosojeras al costado de la ruta. No tienen agua potable, pero en verano tienen pileta. Llena.


Es Charata. Es Chaco. No es Colombia.


Ahora el mosquito. Explican: Bolivia y Paraguay están acá nomás. Van a comprar ropa, cosas, vuelven. Fijate: Campo Largo, Sáenz Peña, Charata. Así se dieron los casos. Así están dibujadas la ciudades en el mapa.


Cuando el mosquito los picó no se dieron cuenta. Vomitaron, se quebrantaron sus huesos. Tuvieron fiebre. Tenían hambre. Por eso se enfermaron pronto. Nadie les avisó. Por eso no se dieron cuenta.


Cuando las mucamas, los cocineros, los jornaleros, los jardineros que limpian la pileta empezaron a faltar a la mansión, afiebrados, los otros averiguaron. Tienen dengue. Nos podemos contagiar. La política escondería el pánico hasta manejar la situación. Ni ese plan le sale. Como la riqueza, la noticia desborda a la clase media. La clase media se entera y se desespera. Llama a los medios, hace un cacerolazo en la plaza principal. Un intendente radical se ríe porque le pegan a un ministro justicialista. La clase media protesta porque tiene miedo. Su voz al fin es la del pueblo. Un milagro (muy a su pesar).
* foto tomada en el barrio Norte. Charata.

martes, marzo 24, 2009

Vacío (en la memoria)


Somos solo un hueco en la memoria desprotegida.
Somos amnésicos, deambulando en el individualismo.
Somos los que no aprenden, los que siguen marchando por el bolsillo, los que no ven el hambre (si no la padecen), los que olvidan que nunca más.
Somos la ignorancia.
Y tal vez pronto dejemos de ser (algo). No estaría nada mal como castigo.

Abismos

Buscaba una idea que lo salvara de sí mismo.
Era eso, o el tiempo.

jueves, marzo 12, 2009

Todo

"Lo único que me encanta es la música. El resto es pura mierda. El tipo de
mierda que la fama atrae es muy oscura. Es muy oscura. Me gusta la música, eso
es todo."


Van Morrison

viernes, marzo 06, 2009

Una noche

Se sentía un poco incómodo, con el cuello demasiado inclinado hacia adelante. La frazada doblada en ocho no estaba resultando todo lo placentera que habían pensado, entonces intentó correrla de ahí abajo de la almohada. Sus brazos se bamboleaban sobre sus espaldas. Era un movimiento que, sin ayuda, resultaba imposible.
Trató de acomodarse, pero la herida en el abdomen lo paralizó. Hizo un gesto de dolor, aunque hubiese gritado, si no fuera por los demás. Miró a un lado y volvió a ver el cartel: "Por favor no escriba ni escupa las paredes".
Cerró los ojos y atravesó el último esfuerzo por sentirse bien.
Después escuchó que las luces del hospital se apagaban. Que solo quedaba un grito flotando por ahí. Y el ruido del ventilador girando lentamente.

sábado, febrero 21, 2009

Off

Lateletedevora

jueves, febrero 12, 2009

Una especie de asfixia

Es como intentar sacarte un sweater apretado, o por la manga, como el personaje del cuento de Cortázar. Es esa especie de asfixia, de inmovilidad, en los sueños pesados, en los sueños de los sueños, cuando creés que estás despierto y tu cuerpo no reacciona, y querés erguirte y tus sienes arden en un recuerdo. Y te ves como desde afuera (una vez, una amiga me dijo que tu alma sale de su cuerpo cuando te pasa eso). O más bien al revés, atrapado por vos mismo.
Es una rueda que no para de girar pero en el aire, el ruido del camión todos los días, a la misma hora, la voz de tu jefe.

¿Hacia dónde irán las historias tristes?

martes, febrero 10, 2009

Palabras salvajes

"El lumpenismo: enfermedad infantil del intelectual".
"Ojos que no ven, corazón que no piensa, vivir en la ignorancia casi casi es como vivir en la felicidad".
Jacinto Requena, café Quito, calle Bucarelli, México DF, noviembre de 1976.


"No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos".
Joaquín Fon, Clínica de Salud Mental El Reposo, camino del Desierto de los Leones, en las afueras de México DF, enero de 1977.


Roberto Bolaño, Los detectives salvajes.

jueves, enero 29, 2009

Cara conocida (cuarta crónica del Este)

Lo que me llamó la atención fue la belleza de la rubia. Estaba sentada en una mesa en la vereda, mirando hacia la calle. Se parecía mucho a Uma Thurman, eso hacía inevitable la mirada. A él lo vi inmediatamente después. Los hombres observamos a los hombres que están con las mujeres atractivas, sabemos que es muy probable que nos llevemos alguna sorpresa. Y más en Punta del Este. Y ahí estaba él, a punto de morder un chivito sostenido firmemente por sus dos manos, con la boca abierta, el pelo engominado tirado para atrás y esa barba de siempre, aunque más canosa de lo que la recordaba.

Me frené, tuve el impulso de decirle algo. Busqué a su alrededor si alguien había notado esa presencia. Pero todo parecía como siempre. Al fin y al cabo, en La Barra están todos en la misma. Lo miré, traté de forzar que me vea, pero nada. Entonces seguí camino hacia mi coche.

Subí, arranqué y volví hacia esa vereda. Cuando lo tuve enfrente, bajé la ventanilla. No soportaba la idea de irme de ahí sin que él se fuera con un recuerdo mío.

Entonces le grité su apellido. No me escuchaba. Grité más fuerte. Atrás mío, algunos autos tocaban bocina, a los costados, la gente me miraba más a mí que a él. Seguí gritando, ya con una insistencia casi psicótica, hasta que me vio. Abandonó el diálogo con alguien que estaba parado al lado suyo y levantó el brazo para saludarme. Sonreía amablemente.



"La concha de tu madre, ladrón hijo de mil putas", le grité con medio cuerpo afuera del auto, pero sin borrar el gesto victorioso y cordial de mi cara.



Su sonrisa empezó a marchitarse y sólo atinaba a asentir lentamente con la cabeza. Ni miró a los costados. Yo sí, y ví que algunos me miraban y se reían.



"Este hijo de puta arruinó al país", les recordé. Y enseguida volví a él, que seguía observándome con el chivito en la mano: "La concha de tu madre, hijo de puta. Hacete un orto nuevo, Manzano, ladrón hijo de puta".



Después me fui. Las bocinas ya eran un poco insoportables.



jueves, enero 15, 2009

Mensaje (tercera crónica del Este)

A los autos sucios aquí les escriben "wash me, plis".

domingo, enero 11, 2009

Seres (segunda crónica del Este)

Alan Faena. Gustavo Cerati. Mauricio Macri. Julieta Ortega. Marcela Tynaire. Luciano Benetton. Susana Giménez. Gaby Alvarez. Nicole Neumann. Roberto Giordano. Benjamin Biolai. Carlos Pedro Blaquier. Tete Coustarot. Gastón Gaudio. Pancho Dotto. Nicolás Repetto. Shakira. Dolores Barreiro. El dueño del Porsche. Pampita. Andrés Calamaro. Ricky Sarkani. Francis Malmann. Marcelo Tinelli.

Viven enero en Punta del Este. Y todos los demás aquí quieren ser como ellos. Es todo lo que importa.

Pero Raúl no es así. Anda en un micro que compró y que transformó en casa rodante. Vive en Rosario y duerme la siesta en su colectivo. Hace 25 años que viene al Este y se instala sobre el final de La Brava. Adora viajar. Su primer viaje de mochilero fue a los 13. Dice que recorrió 300 mil kilómetros. Sacamos la cuenta, como no sé cuántas vueltas alrededor del mundo. Acá mira el amanecer todos los días y hoy me contó que cuando llegó, el 20 de diciembre, el sol salía a las 6.25 y que ahora ya lo hace siete y veinte. Después baja la persiana y sigue durmiendo. Es arquitecto, y hace unos asados delirantes. Los probé hoy. Viaja con su parrilla, bautizada "La encontrada". Y también viaja con su mujer, Yenny, que casi no habla y tiene los ojos chinitos y várices en las piernas y adora recortar diarios y revistas y armar historias con chistes ingenuos sobre sus amigos. Y se los regala en unos de esos asadazos que hace Raúl. Y que hoy probé: cordero deshuesado, cebollas, morrones, papa dulce y choclo asados, vino y gaseosa sabor mandarina.
También estaba León, un perro uruguayo. Y otros colegas "casilleros". Todos caen al mismo lugar todos los eneros. Algunos desde hace 41 años, otro desde hace 10. Nadie es nuevo. Y como buenos vecinos esperan todo el año para verse y comer ese asado de Raúl. Coco es de Carmelo, es uruguayo y es muy gracioso y también, como Raúl, armó él mismo su casa rodante que se llama "Mi objetivo". Sobre la cama de Coco hay una foto de su hijo, que se murió y que los acompaña en cada viaje. Coco cambia un poco. Y cuenta que los amaneceres lo hacen llorar todas las mañanas, porque son la esperanza. Los prefiere antes que el atardecer, que para él es como el fin. Abajo del micro sirve helado Romina, la otra hija de Coco, constructor de barcos, docente, pelado y dueño de León. Coco cuenta la historia de Piter, otro colega casillero que tiene dientes de oro y al que ya le pidió que avise cuando va a morir así se los saca. Dice Coco que Piter te vende una botella de vino vacía porque sirve pa llenarla. Y viaja con gallos y gallinas.
Las bromas sobre la muerte aumentan con los años. Y ninguno de ellos, salvo Romina y su novio Edgardo tiene menos de 50.
Raúl toca el acordeón y se queda callado de a ratos. Apenas termina el asado agarra el fuelle y emprende un viaje hermoso por el Kilómetro 11. Chamamé en Punta del Este. Después hace silencio y vuelve a esos mundos que tendrá. Entonces se para y acaricia el rostro de su hija, de oreja a oreja. Ella lo mira y lo perfora. No puede decir nada, ni moverse, ni nada, ni siquiera reaccionar más que mirarlo y perforarlo. Raúl le da un beso en la frente.

miércoles, enero 07, 2009

Sentido común del taxista oriental

-¿Puedo ir adelante en el taxi?
-¿Y cómo no va a poder ir?

-¿Tiene aire el auto?
-Cuando baja las ventanillas.

-¿Me lleva al Awa? (pide el turista al taxista, por un hotel)
-¿Se va a meter?

"Yo siempre digo: no manejas tú, manejan los otros" (reflexión para no salir la noche de Año Nuevo en Punta del Este)

miércoles, diciembre 31, 2008

Añoranza de cuerpo de agua

Todo lo que añoraba era volver a ese cuerpo. Aquella noche, las luces acuáticas tornaban del azul al verde, y después al amarillo. Con movimientos tenues, protegidas en el silencio de la profundidad, sus formas veladas lo esperaron y lo abrazaron al fin con sus piernas.
Era todo lo que extrañaba. Volver allí.

lunes, diciembre 29, 2008

Primera crónica del Este

Como el espacio reservado para mis textos laborales no contempla la amplitud total de la mirada sobre Punta del Este, aquí intentaré presentarles lo que allá no puedo contar. Si se aburren avisen, y paro.


Los aeropuertos, dada su condición de no-lugar, tienen entre las cualidades que más me atraen que uno empieza a estar en el lugar de destino ya en la sala de embarque. En este caso, esa cualidad tuvo su connotación negativa: mi destino era Punta del Este, ese balneario que de uruguayo sólo tiene su ubicación geopolítica.

Como llegué temprano al Aeroparque tuve tiempo de relevar algunas cuestiones. Por ejemplo: de todos los viajes que hice (incluidos los europeos) jamás midió tan alta la densidad de población de pechos con siliconas (en las mujeres). Si a esa característica se le suma que el 90% de sus dueñas lucían en sus cabelleras una tintura casi de platino, empezaríamos a hablar de un record notable. La uniformización, de todos modos, no sólo incluyó este estilo de mujer. El estereotipo corría para casi todos: por ejemplo, las ancianas parecían todas clones de Barbara Bush (la madre del demonio): con sus saquitos claros y su pelo tieso por el spray y su collar de perlas (a propósito de las perlas, invito a todos a sospechar de cualquier mujer que las lleve como aros).

En eso pensaba mientras estaba sentado en un sobrepiso del micro que te lleva de la sala de embarque al avión. Como tardaba en arrancar, me puse a leer a Levrero, escritor uruguayo que prefería Colonia a Punta:

"También desvía mi atención el recuerdo de un sorprendente descubrimiento que realicé ayer de tarde, durante la siesta: descubrí que me desagrada profundamente el estado de relajación --especialmente cuando viene acompañado de una notable paz mental."
Antes de que arrancara tuve la posibilidad de dejar por un rato a Levrero y mirar cómo se iba llenando el ómnibus: parecía como si todo fuera ordenado deliberadamente; primero los rioplatenses, después los brasileños y brasileñas (incluidas dos modelitos, una de ellas abrazada a un cincuentón argentino con el buzo anudado a su espalda), y finalmente los europeos. En el medio, una parejita subió con su beba, de modo que cedí mi asiento entre comillas a la madre y a su hija. No me costó demasiado notar que tanto la chomba de la madre como el enterito y las medias de la beba (de meses) eran todos de esa marca Tommy Hilfigher. Igual a Mar del Plata, pensé en un momento de lucidez. Entonces me paré y quedé al lado de dos rubias platinadas vestidas como en Champs Elysees. Ya vuelto a las hojas de Levrero, una luz potente, incómoda y perfectamente dirigida a mi ojo izquierdo me impidió la lectura, y hasta me lastimó. Algo me encandilaba. Y ese algo era la chapita de la marca de la cartera de la rubia de al lado mío: Louis Vuitton.
Entonces me divertí con un jueguito: contar cuánto tiempo me duraba literalmente el sello de la marca en mi retina. Al cerrar los ojos seguí viendo esa chapa por casi un minuto y medio. No fue tan fuerte como la experiencia de mi hermano, que por mirar un eclispe, le quedó pasa siempre el medio sol que tanto disfrutó una tarde gesellina hace muchos años.
Después subí al avión y ya todo fue como siempre. Terminé a Levrero y volví a la Puna con Tizón. El vuelo es tan corto que no llegué a quedarme dormido. Aterrizamos. Todos, como siempre, nos paramos presas de la ansiedad (todos prendimos nuestros celulares antes de desabrocharnos el cinturón de seguridad). La fila estaba quieta, pero el señor gordo que estaba detrás mío no se dio cuenta, así que me empujó. Inmediatamente me pidió unas educadas disculpas, con la voz y con una palmada en mi brazo, que me permitió leer la frase impresa en su anillo plateado. Su anular me preguntaba: "¿Todo pasa?".

viernes, diciembre 26, 2008

Feliz Navidad


jueves, diciembre 18, 2008

Piedras, o balas

Recién abrí el diario El País de Madrid. Siempre voy directo, antes que nada, a ver si El Roto publicó. Y qué publicó.

El diario de hoy por suerte tenía la buena noticia de incluir uno de sus mensajes (chistes, desde luego que no son, y por algo están en la página Opinión). En su clásico estilo carbonilla, un hombre de espaldas al lector, con mil manos, lanza piedras. La leyenda, siempre breve, de El Roto, dice arriba: "En los bolsillos vacíos se forman piedras".

Y yo pienso en el gobernador Scioli y su "eficaz" idea de bajar la edad de imputabilidad, en Brian, el chico preso acusado de matar al ingeniero Barrenechea, que las maestras y todo su barrio (y su abogada, mi amiga Florencia) defienden porque saben. Pienso en mi barrio, en Sarandí, y en los pibes que fuman paco en sus esquinas. Pienso en TN alertándonos de otro asalto seguido de muerte. Veo la tapa de los diarios. Veo la catástrofe. Pienso en los pibes que conocí en la sombra del penal de Ezeiza, en sus marcas de las balas en el cuerpo, en sus zapatillas de 200 dólares. Recuerdo el hambre de los pasillos de Villa Tranquila, a diez minutos de la Rosada (el hambre de ser alguien, que se entienda).

Pienso. Recuerdo. Veo.

Por estos lugares del sur (del sur), en los bolsillos vacíos se forman piedras. Y también se forman balas. Y víctimas. Y asesinos inocentes.

Se forma, en definitiva, esta Argentina del ocaso.

lunes, noviembre 24, 2008

Presencias

"Uno vive, y piensa, siempre en función de otra persona que por lo general no está presente y que, por lo general, nunca puede saberse con certeza cuándo va a estarlo".

Mario Levrero. El discurso vacío.

domingo, noviembre 16, 2008

Sobre las letras de su nombre

Recién se dio cuenta de lo sucedido cuando despegó la yema del dedo de la hoja del libro que leía. Debajo estaba la pequeña hormiga, aplastada, tapando justamente la mitad de la palabra hormiga, como si en efecto la intención hubiese sido fundir los hechos y las letras, el presente y el infinito: lo real y todo lo demás.

martes, noviembre 11, 2008

El Roto


publicado hoy en El País

viernes, noviembre 07, 2008

.

Anoche una canción me volvió en un sueño.
Una canción, o mucho más que eso.

lunes, noviembre 03, 2008

Voces y sombras

Uno venía del sol, a la deriva. Esa mañana incandescente los cruzó la casualidad en una esquina. El otro, más viejo, estaba parado sobre el cordón de la vereda. Sus anteojos oscuros apuntaban al semáforo.
Los dos querían cruzar. Así que atravesaron la calle juntos, del brazo. El hombre de los anteojos venía de laburar, le dijo, y de comprar unas cosas. El otro le contó que estaba paseando. Explicarle que venía del sol era descortés y paradójico.

Las cosas que había comprado el más viejo eran dos varillas de metal. Pero su trabajo era otro, restaurando libros: lo hacía de manera independiente y también como empleado de una especie de empresa que se dedica a pasarle cola a los viejos libros vencidos por el tiempo y los lectores. "Y a mí encima me encantan los libros viejos", se apuró a aclarar. "Compré las dos varillas porque mi bastón se rompe muy seguido. No lo rompen las veredas, sino la gente". Entonces el hombre de los anteojos le contó al otro que lo llevan por delante, que lo pisan y que nunca le piden perdón.

"¿Me acompañás hasta Pueyrredón y French?". El viejo le preguntó al otro que, como venía del sol, aceptó. Entonces su compañero le explicó que ya no podía comprar bastones nuevos cada vez que una chica hablando por teléfono se lo rompía en la calle. "Ahora los armo yo porque antes salían baratos pero, viste, se hace difícil comprarte seis bastones en un año si tu trabajo es restaurar libros". Y entonces explicó que la cola que se usa ahora es sintética y que ya no dura. Por eso se arreglan muchos y por eso muchos de los que se arreglan se vuelven a romper. "Claro", resumió el más joven pensando, seguramente, en el libro viejo de Steinbeck que acababa de comprar por 20 pesos y cuyo lomo se deshizo apenas le entregó el dinero al vendedor.

"Ya llegamos a French. Andá si querés, yo vivo acá, a media cuadra", anunció el señor del bastón. Pero el otro, el joven, no lo escuchaba. Estaba distraido, un poco absorto, un poco impresionado por la joven mujer que se acercaba a ellos corriendo. Llevaba un vestido largo azul, estaba bronceada, su pelo negro se arrastraba en el viento. Y sonreía. Le sonreía a ellos.

"Hola papi, qué lindo encontrarte", susurró rápidamente. El rostro del padre cambió. Una sonrisa extraña se abrió y le desacomodó sutilmente los anteojos. La abrazó a ella y con un apretón de manos se despidió de él.

Y el viejo se fue a su casa. A arreglar el bastón que lo ayuda a caminar entre las voces y las sombras cuando nadie lo agarra del brazo en una esquina. Cuando nadie lo ve, al ciego.

viernes, octubre 17, 2008

Los elefantes

El viento corría frío allí cuando se dio cuenta de lo inmenso.
El viento siempre corría frío allí arriba.